viernes, 18 de diciembre de 2009

Aurora

Un amigo mío suele ir casi todas las mañanas de “sus” fines de semana a tomar su café, leer su periódico, y fumarse su cigarro tranquilamente, dándose el gusto y sintiendo que disfruta de su tiempo libre sin que superiores de su entorno laboral estén detrás de él, sabiendo que no está obligado a coger el móvil siquiera a su CEO, entre muchas otras cosas, porque si quiera tiene móvil de empresa pese a utilizar el suyo personal entre semana para asuntos de empresa sin contraprestación alguna.

Yo estaba segura de que mi amigo desayunando cogería el móvil, -de hecho, una vez me reconoció que algún sábado en “su” tiempo libre de no stress, mientras desayunaba, cogió el móvil por motivos de trabajo. No obstante, yo sé porqué lo cogió; porque es una persona que se implica en todos los aspectos de su vida, tanto personales como laborales, aunque yo, riéndome le comenté que más que un implicado, era un pringado por el mero hecho de haberlo cogido cuando según él: “no se le valoraba en su empresa como profesional pese a los resultados que daba”. Me decía que “aunque tuviese emails felicitándole en su correo personal de sus clientes -que nunca había mostrado a sus compañeros ni responsables por humildad-, mientras, sus responsables le comían solo la oreja para que siguiese trabajando pero le faltaban al respeto continuamente”.

Me dijo, que pese a que pese a que esta cafetería, a la que acude desde hace tiempo, siempre ha estado en una céntrica calle, no llamaba ni llama la atención, si quiera llamó la suya, pese a haber pasado millones de veces delante de ella y vivir en la misma zona.

Añadió riéndose, que no obstante, pese a lo cutre que es estéticamente esa cafetería a la que acude actualmente: tanto por fuera como por dentro, le encanta desayunar en ella porque mientras se da “ese placer”, el placer de leerse su periódico mientras se fuma un cigarro y toma su café sin que nadie le moleste teniendo que aguantar faltas de respeto sin razón como le sucede en su trabajo; es decir, que cree que asi desconecta del stress.

Seguía comentándome que “Tras las cristaleras de esa cafetería ve cómo pasa en pocos segundos el tiempo y cómo cada una de las personas que pasean por la acera muestran una actitud distinta con solo ver su ritmo al caminar o su semblante: unas corriendo, otras paseando tranquilamente, otras con expresión triste, otras esbozando una sonrisa”, es decir, siente y experimenta que cada persona es un mundo distinto y que ninguna repara en fijarse en esa cafetería.

Cada fin de semana que desayuna allí, dice que este sitio le sirve para reflexionar, le relaja; le hace volver a recordar, lo bonita que es la vida, aunque nunca lo haya olvidado; también dice descubrir lo bello que es que le llenen las pequeñas cosas, y sobre todo que le hacer sentirse un privilegiado y afortunado por mil pequeñas pero grandes cosas que ve allí.

Tras haberme comentado todo esto, el otro día quedé con él en esa cafetería pudiendo comprobar todo lo que me comentó. Este bar de mala muerte, en el que entraba, resulta que lo “encontró” al ir como todos los días a la cafetería chic que siempre frecuentaba, sobre las 10:00h. Pero ese día se retrasó. Fue a desayunar dos horas mas tarde, a las 12:00h, y ya no servían desayunos. Las razones: “que era ya muy tarde (las 12:00h)”. Según él, hasta ahí estaba más que de acuerdo, -cada negocio cierra sus desayunos a la hora que les conviene-, pero lo que le indignó fueron los modos, la bordería con que se lo dijo el camarero que siempre le atendía: sus malos modos.

Insiste en que no lo justificó en su momento ni lo justificará jamás, de hecho prometió no pisar esa cafetería chic y así ha sido y es. Lo que le indignó fue que el camarero, al menos, “mirando por la propina que siempre le dejaba y se iba a llevar a casita”, si ya no era velando por el negocio de la persona que le había contratado, fuese tan poco inteligente como para tener la posibilidad de poder perder “un cliente más”, un “cliente habitual”, “cliente empático”, “cliente que deja propinas” cuando sin el rechistar por no tener su desayuno le habló en ese tono.

También me comentaba que ahora se ríe; le hace gracia la situación, esta cafetería tan “chic”, que “perdió un cliente” en su dia por los modales de un trabajador suyo, y no por no tener su desayuno habitual, dado que el hubiera optado por un pincho de tortilla y un café, hoy ésta está cerrada.

Dice ser consciente de que la coyuntura económica actual no es de lo más óptima como para que los locales sobrevivan, pero ¿qué raro? ¿Por qué la cafetería cutre a la que va no ha caído, sino que cada vez está más llena? Nadie se fija en ella… algún secreto tendrá…

Me dijo que ese secreto lo descubrió desde el primer día que pisó la misma en busca de un croissant a la plancha y su café con leche de máquina, “de esos que tienen espumilla” como dice él.

Entró, y dice que reconoce que no pudo evitar que se le pasase por la mente que entrar en aquella cafetería de “abuelos” en su día de no stress. Pero empezó a descubrir parte del secreto, el cual el aun desconocía: estaba regentada por una mujer ecuatoriana, a la cual, él, temeroso por si no servían desayunos, le preguntó. Se llevó una sorpresa, no solo servían desayunos, sino que le esbozó una sonrisa y contestó que sí, “que como no”. Pero la cosa no quedó ahí… “¿en taza grande, pequeña o en vaso?. ¿Leche fría, templada, muy caliente? ¿El croissant a la plancha, poco hecho, muy hecho?. “Si quiere prensa mientras se lo preparamos ahí la tiene…”

Se dio la vuelta para recoger la prensa y sí, ahí estaba, sobre una especie de bidón que hacía de mesa con una tabla…

Dice que ahora con el paso del tiempo, ha visto cómo “no puede prescindir de esa cafetería”, y mucho menos, de la persona que regenta la misma. Siempre con una sonrisa pese a estar seriamente enferma o con una simple gripe; perfeccionista, agradable, voluntariosa… trabajando con la cabeza bien alta aunque no vaya de peluquería, eso sí, siempre bien peinada y muy presentable con unos simples pantalones negros y una camisa, eso durante las 17 h del día que trabaja incluso fines de semana, para darle lo mejor a sus cuatro hijos que no son nada modélicos, según me comentó mi amigo. Dice que siempre le dice que “el día que no esté trabajando para sacar a su madre e hijos adelante, es que algo muy grave le habrá pasado”.

Mi amigo asegura, que cuando esta persona ya no esté en la cafetería por cualquier motivo no volverá a pisarla, porque dice que es “el valor añadido” de la cafetería, “que cada día con sus actos le da una lección” sin que ella se de cuenta.

Me contó que ha visto como un día cuando un camarero que no entró a su hora, a las 08:00h de un sábado, que siempre se suele retrasar, en pleno verano, teniendo que preparar desayunos, comprar los periódicos del día en el kiosco de, y montar la terraza compuesta de sillas y mesas estilo serie “cuéntame”, es decir, nada lujosa, ni dotada de sillas de mimbre, se la notaba histérica pero sin perder los nervios. La gente se quería sentar en la terraza y no estaba montada por el camarero que incumplía su horario Unos clientes pidieron para tomar fuera una barrita de pan con tumaca y no tenía pan (barras de pan que debería haber traído a primera hora el camarero que no cumplía muy a menudo con sus obligaciones) y ese mismo día, cliente por cliente le dijeron “Aurora”, tu no te preocupes, “yo te monto la terraza”; otra cliente habitual “le fue a comprar barras de pan” dejando su desayuno en la barra, y mi amigo intentó ayudarle ir a por los periódicos, pero ella dijo que no se preocupase, que el cuidase de la cafetería mientras ella iba, porque no podía quedarse sola con la caja y el dinero.

No sigo, este post, pese a haberlo intentado reducir, seguiría y seguiría pero me quedo con tres cosas: valor añadido del trabajador, no solo da rentabilidad por el boca a oreja, sino que luego, los clientes hacen todo por apoyarle, y lo mas importante, la satisfacción que se debió de llevar la tal “aurora” de ver como media cafetería se ofrecía a ayudarla.

Le comente que la historia me parecía muy interesante para publicarla y transmitirla en mi post, y mi amigo me dijo que mientras no mencionase ni la cafetería ni su nombre podría hacerlo. Eso sí, que si lo publicaba, se lo dedicase a la persona que regenta la cafetería por ser como es: “Aurora”. Pues aquí va este post en tu honor, Aurora.

1 comentario:

  1. Gracias por publicarlo y no mencionarme,jeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee. Se lo voy a imprimir a ella, creo que no tiene internet, seguro que le hará ilusión porque aunque todos los que acudimos a su cafetería la tenemos mucho aprecio por lo que vale y por las lecciones que nos da sin darnos cuenta, ellá no llega a creerse todo lo que vale, aunque fuerzas para tirar para alante,las ha tenido, las tiene y seguro que las tendrá. Gracias Martita.

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